La prueba (versión 2020)


Hace años (tantos que ya no recuerdo) un Trascendental bajó a la Tierra… Aquel fue el primer contacto con un ser de otro mundo. Sin embargo, no fue el encuentro que la humanidad desde siempre imaginó: nada de inmensas naves estelares descendiendo impolutas desde el firmamento; nada de incrédulas miradas de unos oscuros líderes mundiales: nada de infantiles temores de inocentes testigos.

En realidad, los Trascendentales son seres inmateriales, imperceptibles a nuestros burdos sentidos… son quienes mantienen el equilibrio de nuestro Plano de Existencia; sempiternos ingenieros subordinados a los Supremos Elementales, creadores de todo lo que existe, existió y existirá. Por ello, cuando aquel ser tan prístino y superior bajó a esta sucia superficie, nadie lo percibió… el contacto fue sutil y delicado, como la agradable brisa del estío; un placer elegante, tenue y pasajero.

El contacto fue sencillo: el supremo ser descendió en un barrio muy pobre de una mísera ciudad, una noche negra en donde la maldad se percibía en los fétidos vendavales que asolaban las derruidas construcciones, mientras la lluvia inclemente hacía cantar todos los metales, latas y maderas que servían de improvisadas techumbres a viviendas tristes y frágiles… tal vez haya sido el destino, o quizás el azar, el que el contacto ocurriese en tan desgraciado lugar.

Empero, los seres materiales nunca lo sabríamos: destino o azar. Ello estaba más allá de todo intelecto que la biología podía proporcionar.

Con todo, a las reglas del cosmos le tenían sin cuidado los límites del entendimiento material, pues sin vacilación ya habían impuesto su escenario: noche y oscuridad; tristeza e impropiedad; ellos serían los eternos acompañantes del  mayor hito de la historia humana: únicamente la suciedad de un callejón solitario sería testigo del magno evento… opulencia ausente, pobreza presente. Pero los humanos no pueden decidir los escenarios, sólo deben adecuarse a ellos… ese es el destino de los seres inferiores.

Aunque al Trascendental las impresiones no le interesaban: pobreza, riqueza, bien, mal… conceptos vacíos que ante Él carecían de todo valor. Su misión era más profunda: no deseaba ver realidades, sino esencias. Debía penetrar en el centro mismo de la raza humana para conocer su estructura. Las apariencias eran irrelevantes y muchas civilizaciones materiales colmadas de tecnologías impresionables habían sido borradas de los Planos de las Existencias por órdenes de los Elementales… otras, precarias y primitivas habían sobrevivido al castigo divino. Así era el plan de los Seres Supremos: ver qué formas de vida se adecuaban o no a la estructura del Cosmos que querían lograr; aquellas que no se adecuaban tan como requería el eterno plan, eran suprimidas.

Y los Trascendentales estaban para ello… debían hacer una evaluación de cada una de las formas de vida diseminadas por los Planos de las Existencias para que los Elementales tomaran la decisión final. Y ya había llegado el tiempo en que la humanidad debía someterse a la prueba.

A primera vista, era lamentable que el espécimen de prueba no fuera, a ojos del hombre, el mejor que la raza humana pudiera ofrecer. Un vagabundo tratando de acomodarse bajo el angosto alero de una puerta cerrada que nunca se había abierto para él, era su precario y desesperado intento de mantenerse alejado de la lluvia tormentosa; intentaba protegerse, entre cartones rotos, sucios y corrugados, que hacían las veces de sábanas y frazadas, tratando de generar una frágil barrera contra el cruel frío invernal. A su edad el frío dolía en todos sus huesos y la lluvia era sinónimo de pulmonía… lo cual era equivalente a indolencia y desprecio por parte de las altaneras miradas de sus congéneres: después de todo era solo un molesto vago más.

Sin embargo, al Trascendental nada de ello le importaba. Todos los seres materiales eran igual de dignos para ser sometidos a la prueba que debía ejecutar por mandatos supremos. Cualquiera de esos seres inferiores serviría para sellar el destino de la humanidad. Así que la prueba se realizaría con el primer individuo que encontrare; estaba decidido desde hacía eones… y aquel enfermo, enclenque y anciano vagabundo era el elegido; de él dependía el futuro de todos los habitantes de la Tierra. Estaba escrito desde siempre y para siempre.

Tristeza en el corazón… penas del alma. La vida del vagabundo había sido una tragedia. Muerte y pérdidas… El mundo humano, el mundo interior del vagabundo, era mísero y cruel. El Transcendental no juzgaba, sólo recopilaba.

Humanidad… raza triste y sumida en la oscuridad. ¿Supresión?, ¿salvación? El hombre, ser inmundo y cruel… hace sufrir a sus congéneres imponiendo la implacable pena del olvido eterno y del dolor, condenando a los más débiles a existencias míseras en callejones inmundos e indolentes. Indiferencia ante el vagabundo, indiferencia ante el débil, dolor al lastimado.

Ya tenía bastante. El Transcendental se alejó del universo imperceptiblemente. El vagabundo nunca supo ni sabrá el rol que tuvo en esta historia, solo tuvo una sensación agradable por unos escasos segundos… Pero la miseria y la indiferencia son eternas y no se inclinan ante los prodigios del destino.

El destino… ¿Morir? Parece justo. La humanidad es mísera y maligna…

Esperamos el juicio de los Seres Superiores. ¿Merecemos vivir? ¿Merecemos un castigo?

¿El cosmos nos reprochará nuestros pecados?, ¿seremos perdonados por seres mucho más superiores que nosotros mismos?, ¿o la indolencia y el dolor son reglas inherentes a la constitución del universo y no pueden ser reprochadas pues así funciona la existencia misma?, ¿es el mal la fuerza dominante y el bien solo una excepción? Solo el tiempo lo dirá…

…pero seguimos aquí.

El prisionero (versión 2019)


Ambos estaban nerviosos. Uno encendió un cigarrillo; al otro le molestaba el humo, pero se abstuvo de todo reclamo… el viaje se estaba haciendo eterno.
Las estrellas parecían inmóviles en el firmamento, aunque aquella nave era una de las más veloces de toda la Confederación Solar. Y aún así parecía suficiente.
Es que la carga que llevaban no era cualquier cosa; ni siquiera sabían de qué se trataba exactamente. Ellos solo cumplieron la orden de llevarlo a la Tierra. Pero estaban nerviosos; únicamente deseaban deshacerse de “eso”.

Mork miró a su compañero, quien estaba jugando con el cigarrillo recién encendido entre sus dedos.
-¿Qué crees que sea?- preguntó, aunque sabía que el otro, al igual que él, estaba sumido en la ignorancia.
– No lo sé; jamás había visto algo así. -El humo del cigarrillo se hacía más espeso.
En efecto, nadie había visto algo así… los humanos, que recién se adentraban en la aventura de conquista de su propio y minúsculo Sistema Solar, no estaban preparados para contactar con lo que había en la bóveda de ese carguero espacial.
– Creo que fue demasiado fácil capturarlo; ¿no lo crees?- La voz de Mork era temerosa… era el miedo natural a lo desconocido.
– Es mejor no pensar en eso. -Friss apagó repentinamente su cigarrillo; estaba muy tenso para fumar.- Además no sabemos si “eso” está vivo o no, tal vez sea algo tan muerto como una piedra. No te mortifiques más; en cuanto lleguemos a la Tierra lo analizarán y asunto arreglado.
– Pero si es más que una simple piedra… -Mork no entendía la pasividad de su compañero. Le aterraba la sola idea de acercarse a la bodega en donde estaba esa extraña cosa.

Y sin embargo, Friss se equivocaba. No era una simple cosa, no era “eso”; era alguien. Era un ser superior e inmaterial y, a ojos humanos, solo parecía una nube de gas grisáceo que se esparcía en todas direcciones. Y si había sido fácil de atrapar, solo había sido solo porque se había dejado capturar.
Todo eso y otras cosas más se sabían en la Tierra… Mork y Friss eran solo dos mercenarios más que, por una tarifa fija, se les había encomendado capturar a ese ser. Si perecían por causa de ese gas consciente a nadie le importaría… eran solo mercenarios.
Las Autoridades Superiores de la Confederación querían mantener todo el asunto en el más absoluto secreto. No era fácil admitir que había una raza mucho más evolucionada que la humana y que además se encontraba en nuestro Sistema Solar.
Solo querían conservar a el extraño ser en la Tierra y analizarlo y eliminarlo… y luego a sus congéneres. No se les podía dar la oportunidad de vivir….debían ser exterminadas. Un miedo irracional inmanente se hacía sentir en todas las Autoridades Superiores; el instinto de supervivencia estaba más allá que toda curiosidad, por lo que, la única aseveración posible era que solo una especie viviría: era la humanidad o esos extraños seres.

Friss se sacudió la cabeza… cada vez estaban más cerca de la Tierra. Pero comenzó a marearse hasta que las náuseas se hicieron intolerables; quiso pedir ayuda, pero Mork estaba desmayado. No alcanzó a decir nada, él también se desvaneció y cayó al metálico piso estrepitosamente.

Todo marchaba bien… el ser extraño era un Elemental, una de las criaturas más avanzadas de todo el universo. Ya habían dejado atrás la necesidad de un cuerpo físico y de una identidad… todos los de su raza eran uno y toda la raza era cada uno de los individuos.
Y ahora un Elemental estaba en viaje a la Tierra. Habían planeado desde hacía siglos su entrada en ese mundo. Pero los humanos debían estar listos para recibirlos… el momento había llegado. Todo lo que tenían que hacer era llamar su atención; y había funcionado.
Los Elementales eran criaturas eternas, pero solo nacían cuando las criaturas materiales morían. Necesitaban usar la esencia de la vida de otra especie para nacer; y la Tierra era el lugar perfecto para ello… allí había millones de seres materiales para utilizar; entes inferiores cuya única función sería servir para expandir su amplio e imperceptible imperio.
Serían como las semillas de las cuales nacen las flores… de los humanos nacerían los Elementales. Usarían la energía vital de los humanos para crear nuevos Elementales y de allí a la eternidad.

Pronto Friss abrió los ojos… lentamente estaba saliendo de la modorra, pero algo era distinto. Su percepción de las cosas había sobrepasado los límites de la restringida mentalidad humana. Mork estaba de pie esperándolo; ambos se miraron por un segundo y sabían que todo había cambiado.
El Elemental había logrado su primer objetivo. En términos humanos, había cultivado sus almas, y los había convertido en sus sirvientes. Ellos seguían siendo humanos, pero no tendrían en mente otra cosa que la de seguir las órdenes de los Elementales, y ellos enviarían su mensaje al resto de los humanos… serían los profetas de los seres eternos.

La nave llegaba a la Tierra… el Elemental sabía lo que debía hacer. Los humanos lo tendrían prisionero, lo estudiarían y tal vez incluso tratarían de destruirlo. Pero mientras lo hacían, imperceptiblemente penetraría en sus débiles mentes y los convertiría poco a poco… los humanos terminarían alabando entes que no serían capaces de entender y les dedicarían templos y plegarias… muchos desearían morir solo para que naciera otro ser divino, otro Elemental.

No era la primera vez que los Elementales habían tratado de apropiarse de la humanidad… lo habían intentado desde siempre y de muchas formas… los humanos de todo el mundo y de todos los tiempos, siempre los habían venerado de una u otra forma; aunque sin conocer nunca sus verdaderas intenciones. Pero esta vez los Elementales querían lograr de forma definitiva la dominación total.
Y el Elemental, desde dentro de la bóveda de carga de aquel sucio carguero espacial, les dio sus primeras órdenes a sus nuevos súbditos… a sus nuevos profetas ante a la humanidad.
Friss miró al otro, y ambos lo supieron. Ya no creían que lo que había en la bóveda era tan solo “algo”; Mork a su vez, se había despojado de todo miedo…
-Deprisa,-dijo Friss- tenemos mucho qué hacer.
Mork asintió mientras la nave ingresaba al puerto espacial terrestre.

El lago (versión 2019)


Los más grandes sabios del pasado, desde siempre, han contado que, en los insondables territorios meridionales, existe un inmenso lago de aguas tan nítidas y prístinas que el sol no se atreve a perturbarlas ni siquiera en todo el esplendor del mediodía. Además cuentan que, por las noches, el susurro de las perpetuas mareas y el movimiento eterno de las continuas olas no solo agitan las tranquilas aguas, sino que también llevan voces perdidas de personas del ayer. Dicen que en las noches de luna llena se pueden ver danzando mujeres desnudas a lo lejos… todo eso dicen…

Pero el misterioso lago no ha sido nunca encontrado… es tan solo un cuento, una leyenda antigua, que solo unos pocos conocen como una creencia perdida de fantasías idas. Empero, por alguna razón, la historia sigue allí, incólume… su irrealidad no había permitido el paso inclemente del olvido.

Algunos sabios cuentan que hubo un hombre que llegó hasta sus playas lacustres. Nadie lo conoció, pero su historia pronto se volvió parte del mito popular, agregando una fascinación adicional a los sempiternos relatos del lago.

El mito cuenta que el hombre fue en busca del lago una mañana de primavera; dicen que las voces susurrando en el viento lo guiaron en trance hasta allí… dicen que llegó al atardecer… y nunca más se volvió a ver…

Dicen que el lago elige muy bien frente a quién se da a conocer, pues solo se presenta ante quienes lo buscan por motivos válidos… los otros, por mucho que se esfuercen, jamás lo encontrarán… agregan que el lago es celoso y que no devuelve nunca a quienes lo buscan…

Se cree que este hombre llegó al lago. Caminó por un sendero lleno de árboles inmortales hasta sus calmas aguas y esperó… luego hundió sus manos en las prístinas aguas y estas se desvanecieron… ya no estaban allí, no eran parte de este mundo; todo lo que aquella fantasmal agua tocaba desaparecía. Vio cómo, mientras lentamente introducía sus dedos en la líquida sustancia, estos dejaban nuestra tierra en cuanto se sumergían… lo que estaba bajo el agua pertenecía al reino primigenio de lo oculto. Pero el hombre no tenía miedo; al contrario, estaba ansioso de sumergirse por completo en el lago silencioso…Y así lo hizo.

A medida que las aguas invadían su cuerpo, este desaparecía para siempre transformándose en algo inmaterial e inexistente para aquellos de este lado… la supresión.

Y se transformó en una de las tantas voces que rondan los vientos del fantasmal lago… según algunos, su alma ronda por los aires que sacuden a los sauces del lugar buscando otros que le hagan compañía…

Nadie supo nunca sus razones para abandonar el reino terrenal; nadie supo si había valido la pena, tampoco cómo había conseguido comunicarse con los seres del lago. Pero la extinción no está destinada a responder pregunta alguna, sino solo a suprimir… frente a ella todo carece de trascendencia; frente a ella, la vida no es nada, y no se inmuta ante sus interrogantes.

Dicen que aquel lago es una entrada a otra dimensión… que es el camino hacia otro mundo… dicen que está en todos lados, y a la vez en ninguno… dicen…

Cuentan que el susurro de las hojas es el lenguaje de sus habitantes, y que las mareas y vientos son sus canales de comunicación… y solo quien escucha con atención puede llegar a las orillas del lago ausente…

Aunque por ahora ya nadie busca el lago…

El último día (versión 2019)


La lluvia no cesaba y los ríos se desbordaban con furia. Era la lluvia más triste que ojos humanos jamás vieron; las gotas parecían pesados clavos golpeando implacables, como agujas, la húmeda y castigada tierra. El cielo era el más gris de todos aquellos que hubieron acompañado a la humanidad y las nubes las más espesas de toda la eternidad. Aquel era el triste escenario… tan solo un preludio de lo que vendría y que los sobrevivientes ya sabían: el planeta estaba inexorablemente muriendo.

En un campo, lejos de todo, una pareja de abuelos miraban desde la ventana aquella inclemente agua caer, esperando resignados el triste final. La casa se veía abandonada, oscura y decadente. Las plantas y árboles del exterior morían lentamente por el exceso de agua… el sol ya no volvería a salir nunca más para secarlas.

Era la condenación de la humanidad; era su destino fijado desde hacía siglos, pero nadie lo había visto venir. Él tomó la mano de ella… ambos estaban asustados, y no sentían vergüenza de ello, pues nunca se es demasiado viejo para sentir miedo.

Se miraron a los ojos. Eran los únicos sobrevivientes; ¿habrían más?… no lo sabían. Él se estremeció al pensar en todos aquellos que no estaban ya: hijos, compañeros, amigos… todos habían abandonado este mundo en una lúgubre danza de la muerte.

Pensaron en su vida… ya no quedaba nada. Estaban allí, solos, en una frágil casa de mohosa madera que trataba de aguantar casi hasta el límite la pesada lluvia mortal. Estaban en medio de la nada; las tragedias anteriores habían arrasado pueblos, ciudades, países… todo. Tal vez ellos seguían vivos como único vestigio de una raza extinta, pues eso eran… todos los humanos habían sido borrados del mapa de un soplido.

Ella sabía por qué había sido; sabía quiénes lo habían hecho… siempre estuvieron allí, pero nadie nunca los vio como una amenaza. Pero ya nada importaba; solo lamentaba no haber podido despedirse de sus hijos antes del final… nunca más los volvería a ver. Bajó la vista y sollozó…

Él quiso abrazarla, pero las fuerzas apenas le daban para mantenerse en pie… las sangrantes heridas comenzaban a doler aún más; era el cruel efecto del intenso frío que nunca más dejaría la Tierra. Todo siempre había sido en vano… sus heridas eran silentes testigos de una lucha que no pudo enfrentar; y sus hijos habían muerto por ello. Tal vez él mismo estaba muerto, pues ya no era capaz de tener emoción alguna… solo estaba allí, con la mente fija mirando por la ventana lo que antes había sido su fértil jardín.

Los olores de los cadáveres comenzaban poco a poco a aumentar… la putrefacción era cada vez mayor. Ese era el fin de la raza humana; ese era el fin de un ciclo que los humanos nunca pensaron que terminaría…

Pronto se escuchó un golpe fuerte y seco; la mujer cayó al suelo… había muerto al darse cuenta de que la muerte era lo único que le quedaba por vivir. No se despidió de él.

Él ni se inmutó… lo esperaba; era la hora. Ya no había ninguna traba para morir. No quería morir antes que ella… no quería dejarla sola en un mundo así. Pero ella había muerto, y sonrió pues ahora también él podía fallecer en paz…

Salió al exterior para sentir la lluvia asesina; no sabía porqué ni para qué… solo lo hizo, como último vestigio de la voluntad humana. Miró a su alrededor… solo muerte. Él pronto iría también… ya no habría dolor, ni penas, ni sufrimientos, ni miedos… ya no habría nada.

Vio que por fin llegaba la noche eterna… el sol por fin se había terminado; la extinción solar era completa. Supo que era su momento… y la última voluntad humana, en el último lugar del mundo, se había rendido… el último ser humano acaba de fallecer…

Mis mejores novelas de 2018


Siempre he pensando que, si se debe de tener un vicio, la lectura debe de ser el mejor. Por ello, paralelamente a las obligaciones de la vida mundana, siempre tengo un libro bajo el brazo; es por ello que, cada fin de año, hago mi balance de los mejores libros que he leído en los últimos 365 días (este año cerca de una treintena), los cuales, pudieren servir de humilde recomendación. Así que les dejo mi lista, la cual no tiene orden de prelación.

11.”El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad (1902): Novela corta que relata la búsqueda, subiendo por los ríos de plena África Negra, de un tal “Kurtz”, jefe de la explotación de marfil, que es idolatrado casi al nivel de una deidad. El libro es explícito en narrar la violencia y el desprecio de los europeos con la población local, a tal nivel que ni siquiera se les da el tratamiento de personas. El guión de la película “Apocalipsis ahora” (de Francis Coppola) está basado en esta obra.

10.”Más que humano”, de Theodore Sturgeon (1953): Un grupo de niños marginales, poseedores de poderes mentales más allá de la comprensión humana, pueden formar una nueva forma de vida, evolución del homo sapiens. La segunda parte es la más brillante de la novela, aunque tiendo a coincidir con las críticas a que este libro, si bien catalogado desde siempre como obra de ciencia ficción, no tiene un desarrollo suficiente de los elementos propios del género para encuadrarlo de lleno en él (salvo, quizás, la mención de la máquina antigravedad).

9.”Portal de los Dioses”, de Fabián Cortez (2018, Tríada ediciones): Novela que relata las aventuras de un chileno en Corea del Sur, en donde pronto se verá involucrado en una serie de intrigas que involucrarán a seres de otras dimensiones, conspiraciones corporativas, entre otras aventuras. La obra mezcla armónicamente los géneros de la fantasía, el terror y la ciencia ficción. Tuve el honor de efectuar la presentación de esta novela en uno de sus lanzamientos en Santiago y otro en Viña del Mar.

8.”¿Podemos reírnos en el silencio del cosmos?”, de Jorge Alberto Collao (2017, P. de E.): Conjunto de cuentos y microcuentos de ciencia ficción, dispuestos en aparente desorden, que abordan las más diversas temáticas del género. Es una lectura muy singular, que escapa de los cánones comunes, y de ello se desprende un valor agregado que hace que el estilo del autor sea único. Desde ya el primer microcuento de la colección es estremecedor…

7.”El hombre menguante”, de Richard Matheson (1957): Cuenta la historia de un hombre que poco a poco va reduciendo de tamaño; el proceso es lento, pero inexorable e irreversible. De esta forma, somos testigos de cómo el protagonista pierde a su familia (que empiezan a parecer rascacielos más que personas), se enfrenta a insectos, cual si fueran monstruos, y se alimenta por meses con migajas de pan. Pronto el protagonista se da cuenta de que se seguirá reduciendo de tamaño infinitamente, para así viajar por universos cada vez más pequeños, pues tal como nadie puede decir qué es lo más grande que existe, tampoco puede hacerse con lo más ínfimo.

6.”Sirio”, de Olaf Stapledon (1944): Esta obra nos cuenta la historia de un perro superinteligente, único en su clase, con un raciocinio igual o más superior que el humano. La mayor virtud de la novela es la de construir una perspectiva “canina” del mundo y cómo serían las relaciones entre animales con intelectos superiores y los seres humanos.

5.”Bersekers: Último enemigo”, de Fred Saberhagen (1987): Fix up en donde continúa la batalla de la humanidad, desplegada por toda la galaxia, en contra de máquinas autorreplicantes que vagan por el espacio destruyendo toda forma de vida, la cual inició con los relatos contenidos en la primera colección de “Bersekers” de 1967.

4.”Más espacio del que soñamos”, de Leonardo Espinoza (2018, P. de E.): Notable fix up que reúne una colección de 19 cuentos de ciencia ficción chilena. La obra trata, a través de sus relatos, de sacar a relucir el estilo más puro de lo que es la literatura de ciencia ficción, y lo logra con creces. Hace poco escribí una reseña de esta obra, la cual pueden consultar en esta página, o en la de la editorial P. de E.: http://www.puerto-de-escape.cl/2018/mas-espacio-del-que-sonamos-un-fix-up-a-la-chilena/

3.”El hombre demolido”, de Alfred Bester (1953): Notable novela policial de ciencia ficción (de la más clásica), en donde un empresario “asesina” a su rival para librarse de su competencia, en una escena de un crimen perfecto. Sin embargo, las fuerzas policiales, que cuentan con elementos que utilizan la telepatía (llamados “ésperes”) están tras los pasos del criminal, abriéndose paso a una desesperada persecución, en donde, por fin, la mente del criminal poco a poco se va reduciendo a límites cada vez más estrechos. Fue el primer premio Hugo a la mejor novela de la historia, y muy merecido.

2.”Patria”, de Robert Harris (1992): Ucronía en donde Alemania ha ganado la Segunda Guerra Mundial y ha concretizado su victoria convirtiéndose en la gran potencia mundial. La novela tiene lugar en el Berlín proyectado por Hitler (en virtud de los diseños de su arquitecto Albert Speer) en un 1964 alternativo, y sigue las aventuras de un policía germano que descubrirá que Alemania hizo cosas horrorosas en los tiempos de la guerra.

1.”Los amantes”, de Phillip José Farmer (1952): Inicié la lectura de este libro con recelo, pues me decepcionó la saga de “Mundo del Río” de este autor, por razones que exceden los objetivos de estas líneas. Sin embargo, he de decir que, “Los amantes” es una obra maestra de la ciencia ficción: una distopía muy bien lograda, en donde rige un estado teocrático absoluto. La humanidad se expande, con fines de colonización, a un planeta habitado por empáticas criaturas, mientras que el protagonista conoce a una mujer que pronto lo hará comprometer sus cánones para con aquel Estado en donde “el romance” no es tolerado, y menos cuando el objetivo es destruir la vida del mundo que pretenden colonizar. El libro tiene un final tan estrepitoso como sorprendente.

En fin, estas son mis mejores experiencias literarias del año, y sin duda, un deleite para sus lectores.

Más espacio del que soñamos (P de E 2018): un fix up a la chilena


Dentro del mundo de la ciencia ficción existen los llamados fix up, los que, en muy sucintas palabras, son una colección de cuentos que giran en torno a una historia común. El formato de fix up ha sido utilizado por los grandes autores, especialmente en la edad de oro y plata de la ciencia ficción, dado los requerimientos de dichas épocas en donde, en Estados Unidos, las historias eran publicadas en revistas especializadas, y luego, con el correr de los años, eran sistematizadas, editadas y publicadas en forma de libro.

Así, por ejemplo, ocurrió con el Ciclo de Trántor, trilogía original de la saga de Fundación de Isaac Asimov (Fundación, 1951; Fundación e Imperio, 1952; y Segunda Fundación; 1953), en cuyo caso, cada uno de los tres libros está constituido por relatos breves que fueron publicados independientemente en la revista norteamericana Astounding Science Fiction entre 1942 y 1950. Todos los relatos que construyen el Ciclo de Trántor giran en torno a la caída del imperio galáctico y los esfuerzos de generar un nuevo imperio lo más rápido posible.

Conviene destacar que grandes obras maestras de la ciencia ficción han sido construidas en forma de fix up, no solo por haber sido concebidas primeramente como relatos breves para revistas especializadas. En efecto, Ray Bradbury (que, a diferencia de Asimov, nunca formó parte del llamado “círculo Campbell” y, por tanto, estaba lejos de la célebre Astounding) construyó con ese formato sus Crónicas Marcianas (1950) y, en mi humilde opinión, su más perfecta obra El hombre ilustrado (1951).

Otras obras dignas de mencionarse que se han construido como fix up son, en primer lugar, Ciudad (1953) de Clifford. D. Simak, que en mi apreciación es la obra que mejor ha aprovechado los recursos de este formato, por lo que creo que es una de las obras selectas de toda la literatura de ciencia ficción y, en segundo lugar, Bersekers (1967) de Fred Saberhagen, que narra los terribles enfrentamientos de la raza humana en contra de máquinas autorreplicantes que viajan por el universo destruyendo toda forma de vida.

Y así, llegamos a Más espacio del que soñamos (2018), primera obra de Leonardo Espinoza, quien incursiona de lleno con este interesante fix up en la ciencia ficción chilena.

Este libro, publicado por la editorial Puerto de Escape, está construido por 19 relatos y una historia central que gira en torno a una serie de misivas enviadas desde la Luna. Si bien es cierto que es una historia simple, sirve de contexto general al libro y le imprime el sello de fix up. Personalmente me hubiese agradado que esta historia general hubiere sido más profundizada, tal y como lo hacen las obras Ciudad y Bersekers, ya mencionadas, pero quizás el autor prefirió que los protagonistas fueren los relatos, al más puro estilo de Bradbury.

 Si bien es cierto que el autor ha referido, en más de una oportunidad, que este libro está inspirado en el “campo chileno” (lo cual se plasma íntegramente en el cuento inaugural de la colección Campos de maíz y acero), ello no implica que todos los relatos que contiene se construyan sobre la base de dicha premisa (al menos para quien lee). En efecto, los relatos que componen Más espacio del que soñamos abordan diversos contextos y temáticas, convirtiéndose en un libro muy versátil.

De esta forma, a lo largo de este libro nos encontramos no solo en el campo, sino que, por ejemplo, en ciudades extremadamente agobiadas por el trabajo y falta de tiempo, en un secuestro en un gigantesco centro médico, o en el cerro Santa Lucía en el contexto de una guerra impensada, pero verosímil.

El autor, acérrimo seguidor de ciencia ficción, plasma en las páginas de sus relatos un estilo fresco y estimulante con el cual, si bien se abordan temáticas científicas rigurosas, no resulta agobiante. Por el contrario, se nota que su pluma descansa en la lectura acuciosa  de los grandes del género y que por su mente deben de haber transitado Bradbury, Asimov, Clarke, Correa, entre otros tantos al momento de escribir; en fin, un libro de ciencia ficción pura, con un incierto aire a Algo más en el equipaje (2012) del ya mencionado Bradbury.

Dentro de los cuentos más destacables de esta colección se encuentran, entre otros, Sueños de Ciudad en donde se nos muestra una sociedad que no descansa y en la cual el dormir pasa a ser una actividad de aprendizaje y clave fundamental de la vida humana, muy al estilo de Isaac Asimov en sus cuentos Soñar es asunto privado (1955) o Profesión (1957); también destaca El mecanólogo en donde se narra una especie de secuestro en un gigantesco hospital que más asemeja a una ciudad y que tiene ciertas temáticas comunes con Tras el incierto horizonte (1980) de Frederik Pohl, en relación a los desafíos futuros de la medicina y que, también, parece ser un digno homenaje a Los títeres (1969) de nuestro Hugo Correa. Conviene señalar que en este último relato el autor, médico de profesión, despliega todos sus conocimientos de anatomía, construyendo un relato muy verosímil y reduciendo al mínimo la faz de la fantasía. Estos dos relatos construyen mundos tan sólidos y novedosos que esperan una novelización; esperemos que el autor se anime a ello.

En síntesis, Más espacio del que soñamos se presenta como un fix up versátil, profundo e inteligente, cuyos cuentos están muy bien estructurados y que sorprenden por su calidad narrativa, inusitada para un libro novel, pero que, en atención al amplio bagaje literario del autor, era más que esperable.

En fin, solo queda por decir que este fix up tiene un alto potencial para agradar a los amantes más acérrimos de la ciencia ficción, permitiendo a Leonardo Espinoza entrar por la puerta ancha de la literatura fantástica nacional.

Tras los límites del Cosmos.Capítulo II


invitacion tras los limites del cosmos 22. El Centro Alfa

«Los hombres son hechos por las circunstancias.»

Del Diario del Asura Siniestro.

No era fácil ser Augur. Era una raza distinta, que había nacido luego de la Primera Debacle y eran la prueba viviente de que la inteligencia no iba ligada a la felicidad.

Como Augures, sus poderes podían doblar, corromper o incluso destruir mentes ajenas. Muchos habían anhelado aquellos poderes y habrían dado todo por ese gran don. Pero no era ningún privilegio; era una pesada carga.

Se decía que los Augures aún no podían controlar sus grandes poderes a voluntad, pues poseían una fuerza ilimitada que estaba más allá de su propio entendimiento. Por ello, con solo un toque, una emoción, o incluso un suspiro, podían desmembrar y anular irreversiblemente una mente… incluso sin saberlo.

Hacía varios años habían sido perseguidos, siendo desterrados a los desolados páramos del norte. Nunca más se supo de ellos. Otros fueron encerrados, pues se consideraban un peligro para el incipiente despertar humano tras la Primera Debacle.

Sin embargo, pronto se descubrió (y los mismos Augures se encargaron de difundirlo) que sus poderes eran inofensivos en los niños más pequeños, pues sus mentes aún no estaban lo suficientemente desarrolladas para caer en su órbita de influencia. Luego se descubrió que sus facultades, en vez de mancillar las mentes de los infantes, las estimulaban de forma tal que un niño de dos años, bajo su tutela, podía leer y escribir a la perfección, y desarrollar problemas algebraicos básicos sin dificultad.

El descubrimiento de las facultades cognoscitivas de los Augures se convirtió en toda una revolución. Muchos Augures desterrados volvieron para hacerse cargo de los Centros Alfa de las grandes ciudades. Pronto todos los Centros Alfas de la civilización humana en donde hubiese niños menores de quince años, estuvieron dirigidos por, al menos, un Augur.

El problema era que muchos habían mirado (y aún miraban) con reparos el hecho de que seres que podían fácilmente destruirlos estuvieran a cargo de la educación de sus hijos. Pero el Enclave de los Ángeles había sido categórico en ordenar que el aprendizaje de los infantes fuera impartido por los Augures y, frente a un mandato directo de un Enclave, no quedaba más alternativa obedecer, a pesar del recelo de muchos.

Sin embargo, ese recelo no se extinguió con el paso de los años. Esperaban que los Augures cometieran el más mínimo error para iniciar un movimiento en su contra y purgarlos definitivamente. Los Augures estaban al tanto y actuaban en consecuencia.

Aunque era difícil mantenerse fuera de un margen de error cuando los Enclaves estaban Convocando tan constantemente al Pacto, y lo peor era que solo Convocaban niños, todos los cuales se encontraban bajo su responsabilidad (se conjeturaba que los niños eran el mejor objeto de reclutamiento porque moldearlos y adoctrinarlos era más sencillo).

***

El Augur Prisma era el cargo para aquel de ellos que debía dirigir cada Centro Alfa. Pero tenía una misión más importante aún: debía conducir al elegido, luego de realizada la Convocación al Pacto, al encuentro con los agentes del Enclave respectivo. Si bien dicha misión era trascendental, era la más riesgosa de todas; servir de conexión entre el mundo de los hombres y el de los Enclaves no era tarea fácil… y allí era en donde quienes repudiaban a los Augures buscaban un error para expulsarlos para siempre.

En general existía un Augur Prisma en cada Centro Alfa. En los más grandes –como los de Buenos Aires o San Pablo− existían hasta cinco a la vez, que conducían los Centros y se encargaban de los Augures subalternos. Por el contrario, el Centro Alfa de Santiago solo contaba con un Augur Prisma, pues a pesar de su gran tamaño, no se comparaba con los de las grandes metrópolis.

Pero, a pesar de no ser uno de los Centros Alfas más grandes, el de Santiago había sido elegido. Para desgracia de su Augur Prisma, uno de sus niños había sido Convocado por el Enclave de los Asuras. Ya lo había hecho llamar para ultimar los detalles de su último viaje.

El Augur Prisma en cuestión era Livio, uno de los Augures más grandes conocidos por la humanidad; su grandeza le había impedido moverse a lugares más poblados, y se le había ordenado permanecer relegado en Santiago, entre el gran océano Pacífico y la infranqueable cordillera de Los Andes. Así era mejor, pensaban algunos, pues estaba relegado y no presentaba un gran peligro para las grandes metrópolis atlánticas.

Su mirada cansada y paciente ya no deseaba sorpresas. Era un hombre entrado en años, con barbas y cabellos plateados; parecía estar en el ocaso de su vida, pero su espíritu aún albergaba la fortaleza de la juventud. Por eso a veces le entristecía estar allí, en el fin del mundo.

Pero Livio no se quejaba; estaba satisfecho. Dado que Santiago era una ciudad menor a nivel mundial, estadísticamente eran pocos los niños de su Centro Alfa que eran Convocados al Pacto y, por lo mismo, sus encuentros con los Enclaves eran extremadamente escasos. En cambio, en Buenos Aires, por ejemplo, los Augures debían estar regularmente en contacto con los Enclaves, y a Livio ello le desagradaba en demasía.

Todo el mundo pensaba que los Augures eran prácticamente los peones de los Enclaves, pero esa era una aseveración muy alejada de la realidad.

Los Augures se contactaban con los Enclaves gracias a sus poderes mentales, pero eso era todo. No sabían más de ellos que el resto del mundo, y habían asumido la tarea de contactarse con ellos como una carga esperando ser algún día nuevamente reinsertados en la sociedad sin ningún reparo. Nadie quería saber de los Enclaves y, por eso, a ellos les dieron la desagradable misión; todos se habían desentendido tratando de olvidar… hasta que los Enclaves Convocaban al Pacto.

Las Convocaciones al Pacto se habían vuelto una tradición: casi todos los años había una, usualmente de los Enclaves de los Ángeles o el de los Espíritus. El Enclave más temido nunca había Convocado Pactos; se decía que reclutaban nuevos integrantes en forma clandestina y violenta.

Aun así, el rumor estaba allí y el miedo hacia el Enclave de los Asuras también. Livio no se imaginaba a los Asuras cambiando de política alguna vez, pero lo habían hecho.

Para su mala suerte, no solo habían Convocado al Pacto, sino que lo habían hecho precisamente en su Centro Alfa. Era lo que más temía; era la razón por la que se había contentado allí sin exigir un traslado a un Centro mayor. Creía que, si alguna vez los Asuras Convocaban al Pacto, lo harían en los grandes Centros Alfas, como los del Amazonas o África, no en uno perdido en el fin del mundo.

Hizo una mueca mientras pensaba en ello. Ya era desagradable tratar con los Ángeles y con los Espíritus en sus Convocaciones, pero con los Asuras sería peor. Dado que era la primera vez que los Asuras ocupaban la Convocación al Pacto como método de reclutamiento nadie sabía cómo proceder… ni siquiera los Augures.

Livio se había comunicado con otros Augures Prisma del mundo. Solo tres niños habían sido Convocados por los Asuras, incluido el de su propio Centro Alfa. Era una cantidad insignificante.

Aunque los otros Enclaves habían aprovechado para Convocar muchos niños, el hecho de que los Asuras lo hubieran hecho constituía un hito histórico del que Livio no podía escapar. Para su consuelo, los Asuras habían tenido algo de consideración: procuraron que ningún otro niño fuese Convocado por otro Enclave en los Centros Alfa en que ellos habían escogido. Al menos, su única preocupación sería Miguel.

Ya les había ordenado a sus compañeros más cercanos que le dieran la fatídica noticia. El niño ya debía estar en camino a su despacho; su último recorrido por el Centro Alfa.

Livio salió de sus cavilaciones y se dirigió al pilar informático para comunicarse con los Asuras. Era una tarea desagradable, pero era su responsabilidad. Se sumió en un profundo silencio mientras esperaba la conexión de la comunicación.

***

Miguel era un niño muy querido entre sus pares. En general, tenía muy buena suerte y sus amigos siempre bromeaban con que todo le salía bien. Vivía hacia el interior de la cordillera de Los Andes y era uno de los pocos privilegiados en tener al lado de su hogar acceso a los manantiales nevosos en todas las épocas del año y poder beber de sus diáfanas aguas mientras observaba a toda la inmensa ciudad de Santiago desde la cornisa de su elevada ventana.

En los faldeos de la cordillera de Los Andes vivían todas las personas acomodadas de Santiago y no eran pocos los que envidiaban –e incluso odiaban− a quienes residían en esos parajes. Pero Miguel tenía un genio sin igual y su simpatía eliminaba rápidamente todo rastro de envidia en sus compañeros.

Además de sus comodidades materiales, la familia de Miguel era armónica y feliz por lo que al niño le encantaba cocinar con su madre en las mañanas, e ir de excursión al desierto de Atacama con su padre en los días festivos.

Era una vida honesta, sencilla y particularmente feliz. Sus estudios no le preocupaban en demasía pues tenía una inteligencia innata que le permitía ser uno de los estudiantes más adelantados de su Centro Alfa, por lo que su futuro académicamente estaba asegurado.

Sin embargo, todo eso se destruyó en una mañana. Veía su vida tan tranquila, tan exenta de problemas con un futuro tan prometedor desvanecerse como la tímida bruma invernal al ser tocada por el sol; una Convocación al Pacto era algo tan lejano a su realidad, algo tan extraño, que creía que nunca lo alcanzaría.

Miguel había vivido sus ocho años en una esfera de protección construida por el amor de sus padres y el afecto de sus compañeros. Sin embargo, en un instante la esfera reventó como una burbuja de jabón.

Con Melisa tenían planes de ir a vivir juntos a San Pablo algún día; con Julio tenían proyectos de estudios comunes; con César iban a construir un modelo de cambios climáticos. Todo se había trastocado.

Por primera vez en su vida se enfrentaba cara a cara con un conflicto real, un punto de inflexión que cambiaría todo. Por primera vez odió toda su felicidad artificial, su cáscara de frágil seguridad y falsa estabilidad.

Sabía que el golpe de volverse un Asura no hubiese dejado indiferente a nadie, pero sus amigos tenían (creía él) mayor capacidad de reacción. Julio, por ejemplo, había perdido a sus padres (Augures ambos), viéndose forzado a vivir en Valparaíso con una tía que lo despreciaba; Julio sí tenía problemas reales, pues llevaba en su corazón la pena de un huérfano y el estigma de un Augur. Esos eran verdaderos problemas y habían hecho que Julio madurase secretamente, dándole las herramientas para sobreponerse con más estoicismo al hecho de convertirse en Asura… pero Miguel no contaba con ninguna experiencia de ese tipo.

Nunca el corredor que conducía hacia la sala del Augur Prisma le había parecido tan largo. Las pocas veces en que anteriormente lo había recorrido, lo hizo feliz y despreocupado, sin cargar con el peso de su destino.

El pasillo estaba vacío, por lo que pensó en sentarse y llorar ¿Qué más podía hacer un niño como él? No sabía nada del mundo y ahora debía ser alguien de quien se esperaba la mayor de las valentías… sería un Asura.

No estaba preparado, nunca lo estaría. Él no era nadie, ¿por qué diablos los Asuras lo habían elegido? ¿Qué habría en él para que lo seleccionasen? Albergó por breves momentos la esperanza de que todo fuera un sueño o un error, pero la desechó enseguida… los Enclaves nunca se equivocaban.

Siguió caminando, sin embargo, aunque no por las razones que Miguel quería creer. No lo hizo por valentía ni por orgullo, sino por miedo al Augur Prisma; era un miedo irracional, pues ¿qué castigo le podía imponer?… sería un Asura y ante eso todo castigo parecía un regalo de los cielos.

Ya veía la puerta del despacho del Augur Prisma. Solo pensó en que todo ya estaba hecho; tal vez su niñez había sido un idilio, un dulce recuerdo que le serviría de consuelo ante lo que verdaderamente le tenía reservado el destino… su nueva vida que iniciaría al cruzar dicha puerta.

***

Mientras Miguel y sus tormentos se debatían por abrirse paso en la oscuridad, Livio, el Augur Prisma, ya había establecido contacto con el Asura encargado.

El pilar informático mostró el rostro impasible y despreciativo de un hombre mayor; sus ojos tenían una mirada agresiva e intimidante. Era el Embajador Asura.

− Mis respetos Embajador. −Saludó tímidamente Livio. El gran punto débil de los Augures era que sus facultades mentales tenían muy poca influencia en los miembros de los Enclaves, y estos lo sabían.

− Saludos. −Fue la fría respuesta− ¿El niño está preparado?

− Perfectamente Embajador, solo debemos ultimar los detalles −Estoicamente Livio se tragaba todo su orgullo… era un Augur, y más allá de las persecuciones sufridas contra su raza, odiaba el desprecio con que los Enclaves miraban a la humanidad.

− Muy bien, saldré ahora del Enclave. Estaré allá en nueve minutos. −Livio sabía que los Enclaves estaban muy lejos, (algunos decían que incluso no se encontraban en la Tierra) y aquel sujeto decía sin más algo que en el mundo humano resultaba prácticamente imposible: llegar desde esos remotos lugares en un margen de solo «minutos».

− El niño aún no se ha despedido de sus padres, tal vez debamos esperar… − Livio titubeó y calló; la mirada de odio y asco de su interlocutor no le permitió continuar.

− Llegaré en nueve minutos y espero que el niño esté listo.

La comunicación se interrumpió y el pilar informático volvió a ser una columna inerte y oscura.

Livio cerraba los puños conteniendo su impotencia y frustración. ¡Quiénes eran esos seres! ¿Por qué tanto desprecio hacia la humanidad? Se suponía que los Enclaves estaban allí para defender a la Tierra de una Segunda Debacle, pero parecían ser una especie tan distinta y separada del hombre (o al menos eso aparentaban en sus escasos encuentros con los humanos) que era difícil darles el título que la Historia Oficial les daba como «defensores del género humano».

Tomó una decisión. Investigaría (dentro de sus limitaciones claro) qué eran en realidad los Enclaves para descubrir sus verdaderas intenciones.

En ese momento Miguel entró en el despacho. Livio no sintió su presencia mental, pues estaba muy concentrado en sus meditaciones. Para un Augur, la interrupción violenta de sus ondas mentales era igual de doloroso que un golpe físico, así que en vez de la bienvenida cordial que ameritaba la situación, su actitud fue drástica y agresiva. Días más tarde se arrepentiría de haber tratado tan rudamente al niño, pero ya no habría vuelta atrás.

−¿Te despediste del Centro Alfa? Te vas enseguida.

Miguel hizo un esfuerzo heroico por contener las lágrimas.

 

 

 

Tras los límites del Cosmos. Capítulo I


1.  Reunión de niños
invitacion tras los limites del cosmos 2

«¿Qué son los niños?… solo mentes en formación.» Del Diario del Asura Siniestro.

Santiago no era el mismo que el que existía antes de la Primera Debacle. Ya habían transcurrido treinta años del terrorífico evento y la ciudad, como todo el mundo, se reconstruyó para seguir adelante.

En realidad, el Santiago del Mundo Antiguo ya no existía; ahora era una gran metrópoli que había absorbido a urbes colindantes. Por el sur se había fundido con Rancagua y hacia el oeste con Valparaíso y Viña del Mar. Solo la cordillera de Los Andes había frenado su expansión hacia el este, pero Mendoza era prácticamente una localidad íntimamente ligada con la vida santiaguina.

La expansión de Santiago, si bien dantesca, era inevitable. Al destruirse la civilización del Mundo Antiguo, las naciones meridionales tuvieron que seguir manteniendo los restos de la humanidad y sus pequeñas ciudades se convirtieron en el soporte de esta nueva civilización.

Sudamérica se había convertido en un punto neurálgico del nuevo mundo. Tres grandes metrópolis reunían más de un quinto de la población mundial. San Pablo y Río de Janeiro eran la mayor megalópolis del continente; Buenos Aires y Montevideo también se habían fusionado. Tras esas dos gigantes metrópolis, se encontraba Santiago.

Al otro lado del globo, en África, Australia y el sur de Asia habían ocurrido fenómenos similares. Kinshasa y Brazzaville se transformaron en la urbe más poblada del centro de África; lo propio había pasado en Pretoria, Mumbai y Yakarta. El mundo se había reconstruido a partir de las naciones que antes de la Primera Debacle, se habían catalogado como «subdesarrolladas».

Asia Septentrional, Europa, Norteamérica y Japón eran lugares desolados. Quienes allí vivían habían desaparecido en un instante y la humanidad llenó de leyendas terroríficas esas desoladas regiones; nadie quería hablar, ni pensar en ellas. Los pocos sobrevivientes de la catástrofe se desplazaron al sur, dejando todo atrás.

***

Pero Julio no pensaba en ello. Como todos los niños, sabía de la Primera Debacle solo por las lecciones de historia impartidas por los subalternos de los Augures, por lo que no lograba dimensionar el terror del magno evento. Su mundo era meridional y para Julio era inconcebible que los páramos desolados del norte hubiesen albergado alguna vez a las grandes potencias del mundo. Aunque si lo decían los Augures, así debía de haber sido, pero no lograba imaginarlo.

En cambio, Julio tenía otras preocupaciones en mente. Su Centro Alfa (establecimientos educacionales que prosperaron luego de la Primera Debacle) se hallaba en la parte más oriental de Santiago, en los faldeos de la cordillera de Los Andes y su hogar se encontraba cerca de lo que alguna vez había sido Valparaíso. Esa era su preocupación; vivía muy lejos de su Centro Alfa y, a pesar de la gran velocidad de los trenes magnéticos, el viaje tardaba largos quince minutos.

Corriendo entre los edificios que daban la cara al mar, selló su boleto dactilar acercándolo al sensor digital, que descontó inmediatamente el costo del servicio ferroviario de su cuenta personal. Pudo abordar el tren unos segundos antes de que cerrara sus puertas; era un alivio, pero ya iba atrasado.

Tomó asiento junto a la hermética ventanilla y miró su reloj. Llegaría con tres minutos de retraso. El tren flotaba en el riel magnético a casi 1000 km/h, pero para él era insuficiente.

A pesar de la alta velocidad, se podía distinguir y disfrutar del paisaje en el trayecto. El valle de Casablanca se había convertido en un gran parque cultural, rodeado de altos edificios unidos por teleféricos en sus pisos superiores. La cordillera de la costa había desaparecido, sirviendo sus desmontes y relaves como material para construir grandes defensas fluviales mar adentro y así evitar los terribles maremotos que habían asolado esas costas antes de la Primera Debacle. En general, todo estaba rodeado de construcciones residenciales de grandes dimensiones.

Para Julio era el paisaje cotidiano, por lo que no se inmutaba en lo más mínimo. Además, tenía muchas cosas en qué pensar. Ya sería su sexto atraso y en el Centro Alfa eso no se vería muy bien; además, considerando que ya había sido expulsado de otro hace un tiempo, su falta se agravaba. Maldijo el hecho de que a Chile aún no hubieran llegado los trenes supersónicos que ya circulaban por Buenos Aires o San Pablo; esas eran las capitales de las nuevas potencias y se quedaban con todo. En cambio, él debía conformarse con un tren que apenas llegaba a los 1000 km/h.

Pero no podía culpar a los trenes; excusas así de burdas no eran aceptadas por los Augures. Y no tenía una excusa mejor: era un niño irresponsable, ni menos, ni más.

Mientras se recriminaba por sus culpas, el tren ingresaba a la Estación Central de Santiago. Descendió rápidamente y tomó el embarque aéreo. En tres minutos más esperaba llegar a su destino.

Pensando en los sermones, entró al gran edificio. Era una torre muy alta, de unos novecientos metros, pero que no destacaba frente a otros grandes rascacielos que se alzaban a su alrededor; ese era el Centro Alfa, un edificio que aspiraba al cielo y en cuyos inmensos vidrios se reflejaban los rayos del sol matutino que salía por la cordillera. Era una metáfora: los estudiantes que allí se educaban también debían aspirar alto y florecer con el amanecer: eran la esperanza del nuevo mundo.

Sin embargo, notó que algo inusual ocurría. Todos los niños debían estar con sus Augures pedagógicos en sus salas de educación, por lo que los pasillos del Centro Alfa debían de haber estado vacíos; por lo demás, con tres minutos de retraso, no debía de encontrarse con nadie deambulando por allí.

Pero la escena era todo lo contrario. Los niños se agolpaban en el hall central. A sus ocho años, sabía que la expresión en los rostros de sus compañeros delataban preocupación e impaciencia. Julio se acercó para conocer más de lo que ocurría. Nadie le prestó atención; era solo un niño común: delgado, moreno, con ojos marrones y tristes; su uniforme deshilachado y desarreglado daba cuenta de su difícil existencia y de lo desamparado que se encontraba en el mundo.

−¿Dónde te has metido? –Un niño le puso su mano sobre el hombro, mientras Julio trataba de entender qué pasaba.

−¿Qué sucede? –Preguntó por inercia sin preocuparse por quien era su interlocutor. Era Miguel, su mejor y único amigo.

− Los Enclaves han Convocado al Pacto. –Miguel se veía afectado− Los Augures han suspendido las lecciones hasta saber a quiénes Convocan.

El rostro de Julio se llenó de estupefacción. A nadie le gustaba que los Enclaves Convocaran al Pacto; significaba problemas, caos y miedo. Normalmente se Convocaba a un Pacto una vez al año, pero en el último tiempo el Pacto había sido Convocado ya dos veces consecutivas, y ahora una tercera: todo ello hacía que el mundo se sumiera en la preocupación y en la confusión.

−¿Qué Enclave ha Convocado? –Preguntó Julio tratando de ocultar su miedo sin lograrlo.

− El de los Asuras. –Miguel también se mostraba temeroso.

Los Enclaves eran grandes organizaciones defensivas cuya finalidad era descubrir las causas de la Primera Debacle y prevenir una Segunda. En un mundo temeroso, se les dieron amplias facultades y se convirtieron en sectas muy poderosas. Totalmente independientes, desprovistos de todo vínculo con el resto de la civilización, se transformaron en grupos casi místicos, reemplazando a los dioses de pasados lejanos; su fuerza e intelecto se decían irresistibles, aunque era difícil aseverar hasta dónde llegaba la realidad y comenzaba el mito, pues las cosas misteriosas muy fácilmente tienden a la imaginación.

Los Augures eran reacios a explicar a los niños cuestiones relativas a los Enclaves; algunos decían que se debía a que ni siquiera ellos sabían a ciencia cierta qué eran, mientras otros sostenían que era por la envidia que profesaban a sus miembros, pues eran seres mucho más sabios que ellos en las artes de la mente.

El hecho es que se había Convocado al Pacto, lo cual significaba que uno o varios Enclaves estaban reclutando nuevos miembros. Normalmente estos reclutamientos eran pocos y, cuando los habían, eran efectuados por los Enclaves de los Ángeles o el de los Espíritus; pero los Asuras nunca reclutaban, o al menos, no mediante Convocaciones a los Pactos.

Si Miguel tenía razón, el asunto se volvía aún más complejo, pues además de la excesiva cantidad de las Convocaciones a los Pactos, estaba el hecho de que los Asuras lo estuvieran Convocando.

Julio trató de apartar esos pensamientos de su mente, pues el terror lo invadía. Cuando un Enclave Convocaba al Pacto, los elegidos debían ir a ellos sin más; no valían excusas ni pretexto alguno. Y lo peor era que una vez elegido, el sujeto desaparecía de este mundo; su existencia quedaba borrada de los registros y era eliminado para siempre sin nunca volver a saberse de él.

Se rumoraba, a través de las escuetas enseñanzas de los Augures, que los reclutados comenzaban a preparar la defensa para la Segunda Debacle, por lo cual debían abstraerse de cualquier distracción del mundo exterior.

También se decía que existían diez Enclaves, pero siete se mantenían en el más absoluto secreto; esperando la Segunda Debacle. Solo había tres Enclaves conocidos: el de los Ángeles, el de los Espíritus y el de los Asuras.

Los Enclaves de los Ángeles y el de los Espíritus predicaban filosofías basadas en la compasión y la piedad, por lo cual cuando Convocaban al Pacto, los elegidos se resignaban a ir sin más, pues sus doctrinas eran benévolas. Pero en cambio el Enclave de Asura basaba su doctrina en la muerte y en el terror, por lo que su Convocación sería una pesadilla para sus elegidos.

De hecho, los niños siempre bromeaban con que alguno de ellos podría ser elegido por los Asuras e ir al Infierno. Jugaban a adivinar quién sería el infeliz que tendría aquel desgraciado destino… Julio siempre recordaba esos juegos.

− Te estás quedando pálido. –Lo animó Miguel para darse valor a sí mismo, en medio de la confusión de la multitud.

Julio salió de su introspección para simular tranquilidad.

− Solo me preguntaba quiénes serán los pobres desafortunados que tendrán que irse con los Asuras.

− No quiero ni pensarlo, pero dicen que fueron muy selectivos… es muy improbable que elijan a alguien precisamente de este Centro Alfa. –Sin embargo, la voz de Miguel reflejó algo de temor− La noticia salió hace solo minutos en los pilares informáticos y no hay nada en concreto.

− Tal vez es una prueba de los Asuras y, si resulta, Convocarán al Pacto masivamente.

− Puede ser, o tal vez es porque se acerca la Segunda Debacle.

Ambos se quedaron pensativos por unos segundos sumidos en la preocupación, hasta que fueron interrumpidos por otros dos niños que se les acercaban.

Eran una niña y un niño un poco mayor; hermanos. Se veían muy agitados atravesándose y empujándose por entre los demás niños que se agolpaban en el hall central, olvidando pedir permiso o dar disculpas; solo avanzaban desesperados hasta donde se encontraban Julio y Miguel.

−¡Melisa, César! ¿Qué les pasa? –Miguel estaba extrañado, pues los había saludado antes de encontrarse con Julio sin que ninguno de ellos expresara síntomas de angustia o aflicción.

La niña, con los ojos llenos de lágrimas, se abalanzó sobre Miguel y comenzó a llorar desconsoladamente. El otro niño, César, desde un poco más atrás, miraba sombríamente la confusa escena tratando de recuperar el aliento.

Miguel no entendía qué pasaba y con fuerza, pero con delicadez, se apartó de la niña y se dirigió a César exigiendo una explicación.

− Te lo diré sin rodeos, −dijo César manteniendo una seriedad inusitada en un niño− el Augur Prisma te busca y dice que vayas inmediatamente a su despacho.

Los Augures nunca llamaban a nadie a su despacho; menos aun a un simple niño, por lo que aquella citación no presagiaba nada bueno. Todos presentían lo que vendría.

− Te han Convocado al Asura. –Terminó César en tono lúgubre.

Sonaron las sirenas que ordenaban concurrir a las salas de educación. César apartó a su hermana de Miguel tras varios intentos y se fueron; ella solo se dejaba arrastrar sin poder detener su llanto. Julio se quedó allí, como mudo testigo del fin de su mejor amigo.

− Todo ha terminado. –Susurró Miguel conteniendo las lágrimas heroicamente sin creer lo que sucedía. La realidad es todo, menos algo asimilable con facilidad.

Julio no atinó a decir nada y se retiró en silencio luego de una palmada en el hombro de su amigo en señal de ánimo. No había palabras de consuelo; no había nada que decir. Ya habría tiempo para despedirse.

Se retiró por el largo pasillo a su sala de educación. Miguel se quedó solo, atónito. Julio iba atrasado, pero no le importó. La reunión de los niños había terminado.

Tras los límites del cosmos (Prólogo)


El Primer Contacto de la humanidad con otra forma de vida fue hostil, muy hostil. Como se esperaba, los visitantes eran mucho más avanzados que la civilización que durante siglos había forjado el hombre; sin embargo, nada fue como se había pensado. El encuentro fue extraño.
Era inevitable que ese Primer Contacto, a ojos humanos, fuera más que extraño, pues la humanidad basaba su conocimiento en la ciencia… pero la ciencia era solo una ilusión.
La ciencia cayó como un castillo de naipes de forma tan estrepitosa que el hombre no alcanzó a acusar el golpe. La humanidad creía en la ciencia material, en donde conceptos como «masa», «tiempo», «espacio» y «entropía» tenían significado. Sin embargo, los invasores estaban más allá de ello: eran Seres Evolucionados que se desplazaban a través de múltiples dimensiones, por lo que no se podía aplicar un análisis según las metodologías científicas humanas.
La humanidad fue aplastada. Los principales centros de la civilización fueron arrasados, sin siquiera una posibilidad de defensa. Toda la tecnología, la ciencia y los avances humanos no eran nada ante estos seres extraños sin masa ni energía que cruzaban nuestro Plano de Existencia como quien atraviesa de una habitación a otra.
Las ciudades murieron tragadas por diminutos «agujeros negros» con todos sus habitantes. En milésimas de segundo, las grandes metrópolis del norte desaparecieron sistemáticamente de la faz de la Tierra: Nueva York, Londres, Moscú, Tokio… borradas del mapa para siempre, reemplazadas por páramos habitados por misterios y por los fantasmas de la muerte.
Luego, aquellos Seres Evolucionados desaparecieron sin más. Se instaló así un clima de tensa calma.
Nadie los vio; nadie supo de dónde venían ni qué querían; ni siquiera se supo si eran seres vivientes o un extraño proceso cósmico. No esperaron a que los humanos encontrasen sus desesperadas respuestas a preguntas que no podían comprender.
Los supervivientes más religiosos pensaron que era el castigo de Dios y que el Día del Juicio Final había llegado. Otros dijeron que era un fenómeno natural que el hombre aún no había podido explicar, pero que se basaba en las leyes de la Física universalmente aceptadas; algunos teóricos se aventuraron en señalar que una gran tormenta de rayos gamma había atravesado nuestro planeta.
Sin embargo, la hipótesis definitiva, que con el correr de los años se transformó en la respuesta más satisfactoria, vino desde los Altos Mandos de la Milicia. Aquel extraño fenómeno desapareció solo una vez que fueron arrasados todos los países más avanzados y desarrollados del Mundo Antiguo. Cuando las Potencias estaban condenadas a convertirse en fantasmas del pasado, cuando sus territorios se transformaron en llanuras desérticas, solo entonces esos «agujeros negros» desaparecieron. Militarmente fue un ataque sin lugar a dudas, pues era demasiada coincidencia para pensar en otra hipótesis.
Tras el Primer Contacto, que les bastó a los invasores tan solo unos minutos, la humanidad cambió para siempre. De la línea del Ecuador hacia el norte, nada quedaba: tan solo las ruinas del ayer.
Sin embargo, el hemisferio sur no fue atacado. Eso reafirmaba la teoría militar de un ataque: Sudamérica, África Meridional, Oceanía… lugares en donde la industria, la técnica y la ciencia no eran muy avanzadas, habían quedado intactos. Si se trataba de un esfuerzo militar, lo más lógico era destruir las mayores fortalezas de nuestra civilización como Norteamérica, Europa o China: allí se encontraban la tecnología y las ciencias más desarrolladas; las naciones septentrionales eran el núcleo del Mundo Antiguo.
Así entonces, la humanidad tuvo que reconstruir su civilización a partir de las naciones africanas y sudamericanas que habían sobrevivido. Increíblemente, en tan solo treinta años se superaron todos los logros de la civilización previa al Primer Contacto.
Empero, el hombre seguía inquieto. No se había descubierto la naturaleza del ataque, de los enemigos y de sus objetivos. Y lo peor de todo: no se sabía si volverían, y eso llenaba de terror a todos pues un Segundo Contacto sería catastrófico para el género humano.
Por ello, muy en secreto, se mantuvo lo poco que se sabía del Primer Contacto. Los diez Enclaves se mantuvieron en un estricto régimen de silencio, como también la existencia de los Factrales.
Todos ignoraban la existencia de los Factrales y de varios Enclaves, pero allí estaban, esperando el temido Segundo Contacto para hacerle frente; y había llegado el momento de aparecer en escena…

 

Lanzamiento del libro “Portal de los Dioses” de Fabián Cortez


“Portal de los Dioses” de Fabián Cortez (Tríada Editores, 2018) es una sólida novela que mezcla la ciencia ficción, la fantasía y el terror, en tanto desarrolla una historia de amor que pronto decantará en una serie de  intrigas que involucrarán a más de una dimensión, mientras un velo de misterio, vida y muerte servirá de telón de fondo a las aventuras y desventuras de entrañables personajes.
Un viaje inolvidable por la tradición y cultura de Corea del Sur… sin duda una obra chilena digna de atención.